Eau de Parfum
Anondha surcó las aguas de lado a lado,
sus enormes aletas agitando la marea del océano;
los siete mares fueron arrojados a la furia,
sacudiendo la tierra desde sus raíces hasta las piedras.
Pero una vez que probó la carne divina,
dulce sobre su lengua como el vino;
así cazó por todas partes,
devorando todo aquello que una vez había amado.
Y cuando ya no quedó ningún ser querido al que perseguir,
perdido en el oscuro abrazo del hambre;
golpeó su propia cola en un error ciego,
y pereció víctima de su propia desesperación.
Notas de salida: mandarina, hoja de shiso, salvia esclarea, sal marina
Notas de corazón: jazmín, algas marinas, incienso, mirra
Notas de fondo: Choya Nakh, ládano, ámbar gris, musgo de roble
Concentración de perfume: 15%
Material del frasco: porcelana
Ingredientes naturales
Resinoide de ládano, Aceite de cedro de Texas, Aceite esencial de salvia esclarea, Aceite esencial de pachulí, Aceite esencial de mandarina, Absoluto de musgo de roble, Aceite esencial de vetiver, Aceite esencial de pimienta negra, Tintura de ámbar gris, Aceite de shiso, Absoluto de grosella negra, Aceite esencial de elemí, Aceite esencial de mirra, Aceite de nagarmota, Aceite esencial de ylang-ylang, Aceite esencial de ládano, Aceite esencial de semillas de comino, Choya Nakh
ANONDHA
En la cosmología budista y las antiguas leyendas, existe la historia de un pez colosal llamado Anondha, cuyo cuerpo alcanzaba la inimaginable longitud de mil yojanas, más de dieciséis mil metros. Considerado uno de los seis grandes peces míticos de Himavanta, se decía que Anondha habitaba en las profundidades más recónditas del océano. En las creencias populares del Sudeste Asiático, la gente imaginaba que el mundo entero descansaba sobre su espalda y que, cada vez que se agitaba o azotaba el agua con su poderosa cola, la propia tierra temblaba, dando origen a los terremotos. Mucho antes de que la ciencia ofreciera explicaciones, este mito se convirtió en una respuesta simbólica: que la vida y el mundo son frágiles y descansan sobre fuerzas inmensas que escapan al control humano.
Sin embargo, las escrituras no decían que el mundo descansara sobre su espalda. Simplemente hablaban de Anondha como un pez gigantesco e imponente que nadaba eternamente en el abismo. Con el paso del tiempo, esta verdad se entrelazó con innumerables interpretaciones y relatos locales. Una historia cuenta que Anondha fue elegido en cierta ocasión por los peces del mar como su líder. Sin embargo, accidentalmente probó la carne de un pez más pequeño y descubrió que era más dulce que las plantas o las algas. El deseo creció, y también su engaño: esperaba para devorar a los rezagados de su corte hasta que su traición fue descubierta. Al final, abandonado y hambriento, confundió el movimiento de su propia cola con una presa y se mordió a sí mismo, sangrando en el océano hasta que su cuerpo fue desgarrado por los mismos peces que una vez había gobernado.
De esta leyenda surge Anondha, una fragancia que desciende como un viaje hacia las fosas más profundas del océano. La primera impresión es luminosa y vigorizante, como si recorriéramos la superficie del mar. La mandarina irrumpe con una claridad cítrica, mientras la hoja de shiso corta de forma intensa y verde, como una brisa que se desliza sobre las olas. La salvia esclarea y la sal de la marea brillan como la espuma que rompe contra la orilla; el aroma sigue siendo ligero y radiante, como si flotáramos sobre la superficie.
Sin embargo, a medida que nos sumergimos más profundamente, la luz se desvanece. El corazón revela un jazmín que resplandece débilmente en la oscuridad, como una flor marina brillando en el abismo. Las algas marinas se enroscan entre salmuera y sombras, evocando la sensación de un vasto bosque submarino. El incienso y la mirra flotan como humo antiguo atrapado en un templo sumergido; la atmósfera es silenciosa y reverente, vibrando con el pulso de algo inmenso que se mueve cerca.
Finalmente, nos hundimos hasta el fondo del océano. Aquí la fragancia se vuelve densa e implacable. El Choya Nakh arde lentamente con una profundidad cruda y ahumada, evocando restos consumidos por el fuego. El ládano y el ámbar gris ejercen un peso intenso y húmedo, como la presión aplastante del mar. El musgo de roble se despliega entre la oscuridad, verde y sombrío, anclando la impresión del propio lecho marino. Juntos, evocan un mundo aterrador y magnífico a la vez, como si estuviéramos ante Anondha, el antiguo leviatán, con su inmenso cuerpo rodeando el mundo, un solo movimiento de su cuerpo suficiente para hacer temblar la tierra.
Y cuando el aroma reposa en silencio, emerge la lección de Anondha. No es simplemente una historia de destrucción, sino de equilibrio; de belleza y terror, de fragilidad y fuerza entrelazadas. Llevar Anondha es adentrarse en el mito, sentir el peso de los océanos y las leyendas acercándose, y regresar con el conocimiento de que, en la oscuridad más profunda, el asombro y el temor se mueven como uno solo.






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